Cómo Lidiar con un Vecino Dificil

Un sábado, a las 7 de la mañana, Jim Smith se despertó sobresaltado. ¿Qué era ese ruido infernal? En seguida lo recordó: su vecino era aficionado a reparar motores y solía levantarse temprano los fines de semana. En ese momento hacía ruido con una podadora de césped; al poco rato lo hacían sus hijos con unos go-carts que él les había hecho.

Smith supuso que habría alguna ley que prohibiera a los chicos ir y venir por la calle en sus estridentes artefactos, y se le ocurrió llamar a la policía, pero luego decidió no hacerlo: no le parecía prudente provocar rencillas en el barrio. Se resignó a sufrir en silencio, hasta que un día se mudó.

Por desgracia, esta situación es muy común. Casi todo el mundo ha tenido diferencias leves o graves con algún vecino, lo mismo por un desacuerdo sobre límites de propiedad que por un aparato de música puesto a todo volumen, una fiesta o unos niños malcriados.

A veces las disputas llegan a los tribunales; de éstas, algunas son realmente graves, pero otras rayan en lo ridículo.

El juez jubilado Roderic Duncan recuerda que en el condado de Alameda, en California, había dos vecinos “que se habían malquistado por un quítame allá esas pajas”. Uno era un obrero de ideas conservadoras, y el otro, un empleado universitario más bien liberal. Un día cayó en el jardín del obrero fruta del manzano del empleado; el obrero esperó a que la fruta se pudriera y luego la arrojó al jardín vecino. En represalia, el empleado dejó abierta la reja de la entrada común, sabiendo que eso lo sulfuraba. Finalmente, el obrero compró un maniquí, lo vistió de militar y lo colocó en una ventana que daba a la otra casa, con un puño levantado y el dedo medio extendido. El vecino lo demandó entonces por hostigamiento.

“Luego de escuchar a ambas partes”, cuenta Duncan, “les dije que su conducta era vergonzosa, y les pedí que arreglaran sus diferencias solos. Los dos se mostraron compungidos y no tardaron en hacer las paces. Sabían que aquella guerra era una tontería que se había salido de su control”.

“Ama a tu prójimo”, nos enseña la Biblia, pero no siempre es fácil sentir afecto por el tipo antipático que vive en la casa de al lado. “Reconozcámoslo”, dice la abogada Cora Jordán: “hay vecinos odiosos”.

¿Cómo evitar enzarzarse en una disputa con un vecino, o resolver una que ya se ha suscitado? He aquí algunas recomendaciones:

vecindario, casas, vecinoSea cortés. Si piensa dar una fiesta en la que pueda haber mucho ruido, no deje de invitar a sus vecinos… o cuando menos de avisarles. Si un frutal de su jardín extiende sus ramas hasta el jardín del vecino, ofrezca a éste parte de la fruta.

Entable amistad con sus vecinos. En cierta ocasión, una ventisca derribó la cerca que separaba las propiedades de dos vecinos. Uno de ellos mandó levantarla de nuevo, y al revisar cómo había quedado se dio cuenta de que invadía ocho centímetros de la propiedad contigua. “Unos cuantos centímetros de menos pueden ser un serio inconveniente para vender una propiedad”, explica Cora Jordán. “Sin embargo, los vecinos se reunieron a tomar una copa de vino y convinieron en cambiar esos ocho centímetros por una tira de terreno equivalente, situada en otra parte de la línea de colindancia. Si no hubieran sido amigos desde antes, probablemente habrían acudido a los tribunales”.

No se quede callado. En Albany, Nueva York, dos vecinas llevaban nueve años sin dirigirse la palabra a pesar de haber sido amigas. Además, en todo ese tiempo no habían dejado en paz a la policía con sus constantes quejas: que si una tenía la televisión a todo volumen, que si la otra había dejado su coche estorbando el paso a la entrada, que si sus hijos estaban haciendo diabluras… Finalmente los agentes las instaron a acudir a un organismo oficial de arbitraje.

—¿Cómo empezó la disputa? —les preguntó el mediador.

Una de las mujeres contó que un día había llamado a la puerta de la otra para pedirle algo prestado. La otra abrió, le dijo que no podía hablar con ella y le dio “con la puerta en las narices”.

—Me acuerdo de eso —repuso la otra—. Estaba hablando por teléfono con mi hermana, que acababa de saber que tenía cáncer. Cuando te dije que no podíamos hablar me refería a que yo te buscaría después; pero, cuando lo hice, ya no quisiste dirigirme la palabra.

Si ese mismo día hubieran ventilado el asunto, se habrían evitado nueve años de enemistad.

Cuando una discusión es inminente, piense bien lo que va a decir y ataque el problema, no a la persona. Si a su vecino le gusta poner la música a todo volumen, explíquele tranquilamente de qué manera lo afecta a usted; por ejemplo: “Entro a trabajar a las 5 de la mañana. ¿Me hariá el favor de apagar el aparato a las 10 de la noche?”

Prefiera para ello un territorio neutro, como la acera o una zona común. “Presentarse en la puerta de la otra persona puede parecerle una invasión y hacer que se ponga a la defensiva”, dice el abogado Jay Folberg.

Lleve un registro. Aunque parezca oficioso, tomar notas puede dar resultado. “Supongamos que a usted le parece que el perro del vecino ladra sin parar toda la noche”, dice Jordan. “Anote la fecha, la hora y la duración de los ladridos”. Al revisar su registro quizá se dé cuenta de que el perro en realidad no ladra tanto.

Por otro lado, sus notas podrían ser prueba fehaciente de una conducta desconsiderada. “Con frecuencia ocurre que el vecino no se da cuenta de que está molestando a los demás hasta que se lo hacen notar”, señala Jordan. Y si aun así se niega a cooperar, el registro puede servirle a usted en caso de que acuda a las autoridades.

Busque apoyo. Cora Jordan cuenta que en su barrio había un perro que ladraba todas las noches. Como ningún vecino quería encarar solo al dueño, siete de ellos le dirigieron una carta quejándose de que el perro perturbaba la tranquilidad de la zona. “Desde entonces el perro no volvió a  ladrar”, añade Jordán, “y el dueño no tuvo con quien enfadarse”.

Piense antes de llamar a la policía. A veces no hay más remedio que recurrir a la autoridad. “Pero tenga en cuenta que los policías detestan atender estos casos, porque son como una niña conyugal sin divorcio”, advierte Folberg.

Con todo, si una fiesta estrepitosa sigue en su apogeo a las 3 de la mañana, la presencia de un agente uniformado en la puerta podrá ponerle fin. Además, la policía no suele revelar el nombre de la persona que se quejó.

Busque un intermediario o un organismo mediador. Esto permite que expresen libremente su punto de vista. Por lo general se requieren una o dos sesiones para que las partes lleguen a un acuerdo.

Proceda judicialmente. En casos extremos, hay que acudir a la justicia. Si usted ha llevado un registro de la conducta desconsiderada, podrá sustentar su demanda diciendo cuándo se ha presentado dicha conducta, qué le ha dicho usted al vecino y qué le ha respondido él.

Pero hay un inconveniente: “La parte no favorecida por el fallo podría quedar resentida y planear represalias”, señala Folberg. “Cuando un vecino gana, el otro pierde, y esto no es buen augurio para la relación”.

“Un desacuerdo entre vecinos no tiene por qué volverse una guerra”, dice Terry Amsler, mediadora de San Francisco. “Lo único que se necesita es disposición para dialogar, y hacerlo lo antes posible”.

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