La Fama es para Todos

Unos nacen grandes y otros conquistan la grandeza, pero también algunos la encuentran sin darse cuenta.

¿Te has puesto a pensar alguna vez por qué te gustaría ser recordado? Si eres un Einstein o un Miguel Ángel en ciernes, tal vez ya lo sepas. Seguramente tiene teorías que revolucionarán a la ciencia o usará los pinceles para dejar testimonio de su genio en el techo de alguna Capilla Sixtina del futuro.

Si, en cambio, el camino que eligió hacia la fama no parece tan despejado, no se desanime. Quién sabe qué sucederá si usted insiste.

Como el caso de este niño:

fama, estrella, paseoDe niño me gané un renombre pasajero… y varias heridas en los pies al fugarme diez veces del internado. Estas excursiones desarrollaron en mí un fuerte instinto exploratorio. A los 20 años rocé por vez primera la auténtica inmortalidad al tomarle afición al montañismo. Hice varias salidas en falso y hasta tuve una caída desde 200 metros en el monte Cook, en Nueva Zelanda del Sur. Luego, en una expedición, fuimos los primeros en escalar la cima más alta de Nueva Guinea. Al descubrir desde allí tierras nuevas hacia el oeste, las bautizamos como lo hubiera hecho un hada madrina con su varita mágica. Por cierto que uno de mis colegas puso mi nombre a un montón indescriptible de rocas: pico Temple. Mi puesto en la Galería de Exploradores Célebres parecía sólidamente asegurado. Las montañas no son fáciles de pasar por alto.

Desafortunada o injustamente, Indonesia anexó a Nueva Guinea Occidental, que cambió su nombre por el de Irian. Barat. La cumbre más alta del país, conocida durante más de medio siglo como monte Carstensz, se convirtió en monte Sukarno. Otros nombres también desaparecieron y el pico Temple volvió a ser un montón anónimo de piedras.

Tenía que haber una manera más sencilla de adquirir reputación. Un museo norteamericano me empleó durante 18 meses como cazador profesional, aunque no precisamente de fieras. El museo sólo quería parásitos de animales: piojos, pulgas y otros insectos. También fui taxidermista, pues para identificar los insectos debía conservar la piel de los animales parasitados.

Con la mayor seriedad recogí piojos y pulgas a todo lo largo del río Sepik y a través de las sierras de Nueva Guinea. Por mis pinzas pasaron miles de parásitos, pero yo siempre estaba atento por si aparecía un ave del paraíso, un marsupial o una serpiente desconocidos de la ciencia.

Luego fui a las islas Salomón, en Oceanía. Se creía que en ellas sólo se criaba una especie de marsupial, un falangero grande (Falanger orientalis), pero apenas llegué me informaron que alguien había visto una rata marsupial. Escribí entusiasmado al museo señalando que el hallazgo de ese animal, de una nueva especie, o quizá de un nuevo género, sería “un acontecimiento científico”. La respuesta fue tajante: “Busque garrapatas de perros, gatos, vacas y especialmente jabalíes. Examine el orificio anal de los murciélagos, los oídos de los pájaros y las bolsas de los marsupiales por si traen parásitos”.

Jamás encontré mi rata marsupial. Lo único de importancia que atrapé en las Salomón fue una fiebre palúdica.

Evidentemente me convenía cambiar de ambiente y de actividad, así que me uní a una expedición a la zona subantártica. A bordo de una goleta de 20 metros zarpamos para la isla de Heard. Entre otras cosas, aquella primera expedición privada (desde 1929) a las aguas de la Antártida se proponía ayudar a comprobar la teoría de que las semejanzas de algunas especies de insectos de los continentes meridionales se debía a migraciones por las rutas de los vientos circumpolares.

Mi misión consistía en colocar una red en el mástil de proa y recoger dos veces al día los insectos atrapados. En ocasiones irrumpían en cubierta olas de cinco metros, o los vientos, de hasta 70 kilómetros por hora, desgarraban las redes y la nieve se congelaba en las jarcias. Mi caza se redujo a unas cuantas polillas escapadas de un incendio de matorrales en la costa victoriana y a un globo verde con forma de gusano que nos llegó un día de Navidad.

En la isla de Heard, con una temperatura media anual de 0 o C. y vientos de 31 kilómetros por hora como promedio —vale decir, sin ambages, un clima riguroso—, las moscas y polillas habían perdido la tendencia y la capacidad de volar. Pronto volví a la vieja rutina de recoger piojos, pulgas y demás compañeros de viaje, esta vez huéspedes de las aves antárticas.

No me dio pena abandonar la isla, pero, al partir, el oleaje era tan violento que debimos abandonar nuestros equipos en la playa para aligerar la balsa que nos llevaría a la goleta. Allí acabaron mis aperos de explorador. Con ellos había recogido pulgas en el río Sepik, garrapatas en las Salomón y hasta piojos en la isla de Heard. Todos se perdieron. Sueños y ambiciones se desvanecieron en un montículo mojado a la orilla de una isla miserable y congelada.

Aquella expedición me enseñó al menos a navegar. La Outward Bound de Nueva Zelanda me contrató como instructor de timoneles y adquirí fama (sorprendentemente duradera) de ser el único hombre capaz de hacer zozobrar al velero de diez metros y cuatro toneladas de’ aquella sociedad.

Al cabo de seis años de esfuerzos comencé a preguntarme: ¿Qué beneficios he obtenido? ¿Qué he aportado a la posteridad? ¿A quién le importa mi existencia?

En ese punto bajo de mí suerte llegó un rayo de esperanza inesperado: una carta de Carleton Phillips, zoólogo de la Universidad de Kansas (Estados Unidos). Su laboratorio había recibido y conservado en alcohol un murciélago que yo recogí en las Salomón años atrás. Quería saber dónde y cuándo lo había encontrado.

Phillips me hizo saber con entusiasmo que aquel murciélago de las Salomón era desconocido para la ciencia. Su nombre griego, Hipposideros, significa algo así como “caballo de hierro”, en evidente alusión a lo grotesco de sus rasgos. En mi honor se agregaría a la designación el nombre templei. Sentí una pequeña emoción placentera, que había de ser efímera. El profesor de Phillips rechazó la sugerencia porque prefería un término más descriptivo.

Con todo, comencé a ver mi afán desde una nueva perspectiva. Había aprendido que la fama no se busca. No puede uno elegir lo que perpetuará su memoria. Lo eligen los demás.

Después de aquel destello fugaz de grandeza recibí unos documentos científicos con el estudio de los insectos que yo había recogido en la isla de Heard. Entre un laberinto de dibujos y tecnicismos me enteré de que una nueva variedad de tisanuro había recibido el nombre de Tullbergia templei, y de que un ácaro que casi pasé por alto al separar garrapatas y pulgas de entre otras muchas sabandijas en la madriguera de un pájaro de la Antártida, se llamaría ahora Digamasellus templei.

Había en aquello una sutil inmortalidad. No en las montañas, sino en insectos. Siempre que los entomólogos de los siglos venideros observen esos chupasangres diminutos y peludos, me recordarán.

Me abrumó la humildad de todo eso.

De manera que, si usted desespera de recibir el merecido reconocimiento de su genio natural, de la obra de su vida entera, tome las cosas con filosofía. Acaso no haya nacido usted grande, o tal vez jamás conquistará la grandeza. Como en mi caso, quizá la gloria le salga al paso, sin más. Ya lo dijo el poeta Alexander Pope:

Ni desdeño a la fama ni solicito sus favores; si ha de venir, ella sola llegará.

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