Fomente la Excelencia en sus Hijos

excelencia, academica, hijos, fomenteEn una escuela de enseñanza media superior del estado de Virginia, un alumno de último año, al que aquí llamaremos Matthew, llegó tarde a la clase de ciencias por séptima vez en un semestre. Su maestra se preguntaba cómo era posible que un muchacho brillante como él se comportara tan irresponsablemente. Rebecca Sacra, ganadora en 1994 de un premio a la excelencia docente, les recordó entonces a sus alumnos: 

— El que acumule nueve retardos recibirá una calificación  reprobatoria, independientemente de las notas que obtenga en los exámenes.

Sentado en la última fila del aula, Matthew parecía desconcertado.

Sacra decidió citar al padre del chico para explicarle la situación. Pero tuvo que armarse de paciencia para la entrevista al recordar que el hombre había sacado a su hijo anteriormente de otras situaciones difíciles, como la ocasión en que pescaron a Matthew fumando dentro de la escuela, o como la vez en que se escapó del plantel.

Sin embargo, la reacción del padre sorprendió a la maestra:

-He venido resolviéndole los problemas a ese muchacho desde hace años -comenzó-. Quizá haya llegado la hora de exigirle más. No vacile usted en reprobarlo si eso es lo que necesita para enmendarse de una vez por todas.

Aunque al padre de Matthew le aterraba la perspectiva de que su hijo reprobara una materia, más miedo le daba la posibilidad de que el chico llegara a la universidad sin haber aprendido a responsabilizarse de sus actos.

Al día siguiente, Matthew, incrédulo, le preguntó a su maestra:

-Usted en realidad no me reprobaría, ¿o sí?

Ella le aseguró que sí. El joven no volvió a llegar tarde en todo el resto del año.

La lección que aprendió el padre de Matthew — que quienes desean que sus hijos sobresalgan deben optar por el mejor camino, no el más fácil– es algo que a los maestros les gustaría que todos los padres supieran. Terry Lowe, ganadora en 1994 del título Maestra del Año que otorga la Liga Nacional de Futbol Americano, expresa: “Muchos padres dan marcha atrás apenas los hijos protestan o se quejan. Los sacan de situaciones difíciles e inventan pretextos para ceder cuando las cosas se ponen duras. Los hijos son una inversión a largo plazo, así que los padres deben dejar de tomar decisiones de corto plazo en lo que se refiere a ellos”.

He aquí otras seis cosas que los maestros más destacados desean que los padres sepan:

1. Los mejores estudiantes hacen tareas domésticas. Incluso en el jardín de niños, Anna Freese sabía cómo hacerse cargo de las situaciones. El año pasado formó parte de un grupo para el aprendizaje colectivo, y demostró confianza en sí misma, mucha iniciativa y capacidad para debatir y organizar sus pensamientos. Joan Mithelman, su maestra, sabía que ese éxito se debía, en parte al hecho de que la responsabilidad no representaba algo nuevo para la niña. Anna, que vive en una granja, ayuda a cuidar el ganado, a poner la mesa para comer y a limpiar su habitación.

Mithelman, reconocida educadora desde hace 27 años, recuerda la época en que casi todos sus alumnos desempeñaban tareas domésticas. Hoy son menos los niños que tienen esa responsabilidad, pero los que sí la tienen sobresalen en el salón de clases. “Realizar labores del hogar hace de los chicos mejores estudiantes”, dice la maestra. “Les enseña a terminar los trabajos y a valorar su posición en la familia, en el salón de clases y en la comunidad”. De hecho, en opinión de muchos maestros, los chicos más aplicados de un grupo son aquellos cuyos padres les asignan responsabilidades en casa. Hay otros rasgos de carácter inculcados por la familia — por ejemplo, los buenos modales y unos valores firmemente arraigados– que también son decisivos para el éxito de un alumno.

2. Las expectativas altas son un ingrediente esencial. Rafe Esquith está orgulloso de sus alumnos. Año tras año ganan los concursos de matemáticas. Estudian música clásica y analizan, línea por línea, ocho obras de Shakespeare. Muchos ingresan después en universidades como Harvard y la Universidad de California en los Ángeles. Parece que estamos hablando de una exclusiva escuela privada de enseñanza media superior, para niños superdotados. En realidad, la Escuela Primaria Hobart Boulevard es pública y se ubica en un barrio pobre de los Ángeles. Los alumnos de Esquith – chicos cuya lengua materna no es el inglés – cursan el quinto y el sexto grados.

Normalmente se espera poco de muchachos como estos. Pero en lugar de enseñarles apenas lo suficiente para pasar de año. Esquith les exige mucho. Sus alumnos inician el día escolar a las 6 de la mañana, t trabajan hasta las 5 de la tarde. Sus vacaciones anuales son de sólo dos semanas y estudian durante los recreos y la hora del almuerzo. También hacen tareas escolares en sus casas, en lugar de ver televisión.

Esquith tiene expectativas altas para sus “diamantes en bruto”, y ellos siempre las satisfacen. Al maestro le gustaría que los padres establecieran normas similares para sus hijos. “No es preciso ser rígidos ni autoritarios”‘ explica. “pero hay que tener expectativas alta, y firmes, y dejar que los chicos se enfrenten a las consecuencias de satisfacerlas o no”

Para demostrar a sus hijos que espera mucho de ellos e inculcarles una ética del aprendizaje, los expertos aconsejan:

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  • Exíjales que asistan puntualmente a todas sus clases.
  • Léales o ayúdeles con la tarea escolar una hora diaria, y pídales que le lean a usted. Se ha observado que incluso diez minutos de lectura resultan provechosos. Tenga en su casa abundante material de lectura.
  • Limite el horario para ver televisión. Los estudios revelan que el rendimiento académico se reduce enormemente entre los chicos que ven más de diez horas de televisión durante la semana escolar. “Exija a sus hijos que dediquen parte de las horas después de la escuela a trabajar independientemente, lejos de la televisión”,  aconseja un alto funcionario de educación. “Si no tienen tarea de la escuela, pueden leer o cultivar una afición”

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3. Hágase presente en la escuela de sus hijos. “Los padres tienen el derecho y la responsabilidad de enterarse de lo que sucede en la escuela”, dice Janet Crouse, ex presidenta de un comité nacional de educación. A fines del decenio de 1970 y principios del de 1980, muchos educadores veían con malos ojos que los padres quisieran “invadir” lo que aquellos consideraban sus dominios, explica Sandra McBrayer, una reconocida maestra. “Pero ahora sabemos que su participación es esencial para tener éxito”.

Reunirse periódicamente con el maestro del niño es una de las formas en que los padres pueden colaborar. Otra consiste en acompañar al grupo a una excursión, u ofrecerse para impartir un taller sobre cómo llenar las solicitudes de ingreso a las universidades. Huong Tran Nguyen, ganadora de un premio a la excelencia docente, invita a los padres a asistir a sus clases para que entiendan el plan de estudios, así como sus estrategias y sus metas.

4. Las calificaciones no son todo. “Los padres siempre me aseguran que no van a permitir a sus hijos jugar al futbol o tocar en la banda si no van bien en sus estudios”, dice Constance Dumas, quien desde hace 31 años es maestra de cuarto a sexto años de primaria. Pero Dumas señala que muchas actividades extraescolares contribuyen a inculcar precisamente los rasgos de personalidad que se necesitan para triunfar en la escuela… y en la vida. “Los scouts, los grupos de las iglesias y los equipos deportivos, por ejemplo, forjan el carácter del chico y lo ayudan a desarrollar importantes aptitudes”, explica la maestra. “La capacidad de liderazgo y de resolución de problemas puede no aprenderse en un salón de clases, pero sí en otro tipo de ambiente”.

Afirma Barbara Palko, otra destacada maestra: “Algunos de los chicos más creativos no sobresalen por sus calificaciones. Las notas altas no lo son todo”. La clave, explica, consiste en permitir a los niños que exploren sus puntos fuertes e intereses individuales.

A Robert Traweek, estudiante de primer año de enseñanza media, le costaba trabajo aprobar materias como ortografía y español. Pero tenía un fuerte interés en el diseño y otras actividades de índole visual. Como parte de sus ocupaciones extracurriculares, se reunía con algunos estudiantes que estaban diseñando un submarino, y aprendía japonés vía satélite. (A diferencia del español y el inglés, que son lenguas fonéticas, el japonés es un idioma visual.) Gail Clark, su asesora de estudios independientes, galardonada en 1994 por su capacidad como maestra, se dio cuenta de que a Traweek se le facilitaba el aprendizaje visual, y que podría sobresalir en áreas en las que pudiera aplicar esa aptitud. Hoy Robert descuella en japonés, materia que cursa en una escuela superior.

5. No siempre es divertido aprender. El lema del grupo de Rafe Esquith es: “No hay atajos”. ¿Por qué? “Porque para inculcarles a los chicos una sólida ética de trabajo”, señala, “debemos echar por tierra la idea de que aprender es siempre fácil o divertido”.

Los maestros están de acuerdo en que esa idea ha sido fomentada por la mayor parte de los programas infantiles de televisión, que tienen un ritmo que obliga al chico a estar pegado a la pantalla, y por los programas de computadora, con sus deslumbrantes imágenes y efectos de sonido interactivos. En consecuencia, los niños llegan a esperar que todo en su vida sea diversión y juegos servidos en charola de plata. A veces el aprendizaje es pan comido, pero normalmente implica un esfuerzo más o menos grande.

Matt Leigh obtuvo calificaciones regulares en su primer curso de química, así que estaba consciente de que el curso avanzado no le iba a resultar nada fácil. Su maestro de ciencias en la escuela de enseñanza media superior, Steven Haderlie, tuvo sus dudas cuando Leigh se inscribió en el curso. Sin embargo. Para finales de año, el muchacho le había demostrado la fuerza de su determinación. Haderlie hace hincapié en que fue el esfuerzo de Leigh, no su inteligencia, lo que le permitió hacerse merecedor de varios premios prestigiosos. Incluso ganó un certamen de búsqueda de talentos en el ámbito de las ciencias, que se llevó a cabo en el estado de Utah.

Hoy, Leigh participa en un programa de cohetes en la Universidad Brigham Young. En una carta de recomendación que le dio, Haderlie escribió: “Durante los últimos 18 años he tenido muchos alumnos con mayores aptitudes académicas que Matt Leigh, pero ninguno ha alcanzado metas tan importantes como él. El muchacho es un ejemplo de diligencia y trabajo arduo”.

Existen muchas formas de inculcar valores como los de Leigh. Los maestros proponen, por ejemplo, que los padres les exijan a sus hijos terminar satisfactoriamente sus tareas, y que luego recompensen sus esfuerzos con elogios y aliento.

6. Reserve tiempo para el juego y la recreación. Un chiquillo de cuarto año de primaria, al que aquí llamaremos Bryan, carraspeaba constantemente en la clase de Barbara Palko. Como los médicos no hallaron ninguna causa física que explicara el problema, la madre de Bryan le preguntó a la maestra si el chico de diez años, presentaba dificultades en la escuela. Palko indicó que era muy probable que Bryan sufriera de tensión. Después de todo, además de la carga de trabajo del programa para niños superdotados, el chico tenía prácticas de futbol, reuniones con los scouts y actividades de la iglesia. Cuando la mujer sacó a su hijo de una de sus actividades extracurriculares y de la parte del programa para niños superdotados que le exigía tareas adicionales, el pequeño dejó de carraspear.

“No es raro que los niños demasiado presionados tengan hábitos nerviosos como el carraspeo”, dice James Blackman, profesor de pediatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Virginia, en Charlottesville. Entre otras manifestaciones del estrés figuran los dolores de estómago y de cabeza, Y las dificultades para conciliar el sueño. Un niño que se muestre excesivamente sensible o nervioso, o que replique con impertinencia cuando en situaciones normales jamás lo haría, también puede estar sometido a una dosis excesiva de estrés.

A Constance Dumas le agradaría ver a más niños correteando y jugando al aire libre los juegos que ella jugaba cuando era niña: a la pata coja, a saltar la cuerda y a patear la pelota. “Necesitamos enseñar a los chicos a jugar, no sólo a trabajar y estudiar”, dice. “A los niños que siempre están encerrados en sus casas les cuesta mucho aquietarse y ponerse a trabajar cuando se hallan en la escuela”. Propone a los padres que permitan bastante tiempo de esparcimiento a sus hijos. En ocasiones, un campo de juegos puede ser un ámbito de aprendizaje tan valioso como el salón de clases.

Ser un padre escrupuloso que forma equipo con los maestros para fomentar la excelencia en sus hijos no es tarea fácil. Pero cuando el niño sale adelante, es sin duda la labor más gratificante.