Sobreviviendo a la Adversidad

Guía práctica para superar los inevitables reveses de la vida.

Hace unos años llevaba yo una vida envidiable: era dueño de una próspera compañía constructora, una casa cómoda, dos coches último modelo y un velero. Además, estaba felizmente casado. Lo tenía todo.

Entonces la bolsa dio un bajón, y ya no hubo compradores para las casas que yo había construido. Después de varios meses de pagar intereses criminales, me quedé sin ahorros. Agobiado por los apuros, pasaba las noches en vela, bañado en sudor frío. Cuando creí que ya no me podía ir peor, mi mujer me pidió el divorcio.

Sin saber qué hacer, decidí literalmente “navegar hacia la puesta del sol” en mi velero. Primero puse rumbo a Florida siguiendo la costa de Connecticut, pero más adelante me desvié al este, derecho hacia alta mar. Después de varias horas de ir en esa dirección, subí a la borda de popa y me quedé mirando la estela del barco en las oscuras aguas del Atlántico. ¡Qué fácil sería entregarme al mar para que me tragara!, pensé.

En eso, el barco cabeceó bruscamente entre dos olas y me arrojó por la borda. Apenas tuve tiempo de agarrarme a la barandilla, y allí me quedé colgado, arrastrando los pies en el agua helada. Luego, con muchos trabajos, volví a subir a la cubierta. ¿Qué estoy haciendo?, me dije, conmocionado. Yo no me quiero morir. En ese momento supe que debía enfocar las cosas desde otro punto de vista. Mi antigua vida se había esfumado, y tendría que forjarme otra como pudiera.

Tarde o temprano, todos sufrimos alguna pérdida: un ser querido, la salud, el trabajo. “Es ‘la experiencia del desierto’; una época en que uno se siente privado de toda posibilidad de elección, de toda esperanza”, explica el psicólogo Patrick Del Zoppo. “Lo importante es no quedarse estancado en el desierto”.

Entonces, ¿es posible sobreponerse a las desgracias? Yo aprendí que sí, que uno mismo puede encargarse de su curación. He aquí cómo:

Permítase llorar

adversidad, tormenta, mar, oceanoLos consejeros coinciden en que un periodo de duelo después de la pérdida es esencial. “No hay nada vergonzoso en llorar”, señala Del Zoppo. “Las lágrimas no indican únicamente que uno se tenga lástima; son expresión de una profunda tristeza que debe desahogarse”.

No importa si la aflicción tarda un tiempo en manifestarse, siempre y cuando acabe por hacerlo. Tomemos por ejemplo el caso de Donna Kelb, de Nueva York. Un día de primavera, sus hijos Cliff, de 16 años, y Jimmy, de 15, se pusieron a lijar su lancha en preparación para la temporada de deportes acuáticos. De repente Donna oyó un grito. Salió corriendo de la casa y encontró a los dos muchachos tendidos en el suelo, junto a la lancha.

Jimmy había ido a nadar y habría vuelto mojado. Cuando cogió la lijadora, murió electrocutado en el acto. Cliff también recibió una descarga, aunque no mortal, al tratar de quitarle la máquina a su hermano.

Donna quedó tan aturdida por la tragedia, que no pudo llorar ni en el entierro de su hijo ni durante varias semanas más. Por fin un día, ya de vuelta en el trabajo, se sintió mareada. “Después de un rato regresé a casa, me encerré en mi cuarto y lloré como una Magdalena”, cuenta. “Sentí que se me quitaba un gran peso de encima”.

Lo que Donna experimento inmediatamente después de tan trágica pérdida fue lo que Del Zoppo llama “la primera línea de defensa, que protege la conciencia de una realidad sumamente dolorosa”. Donna no pudo iniciar su proceso de curación hasta que la naturaleza le dio suficiente tiempo para asimilar su tragedia.

Encauce su enojo

Cuando se sufre una pérdida, “la cólera es un sentimiento natural”, dice el doctor Del Zoppo, “y es posible aprovecharla en beneficio propio”. Bien encauzada, puede contribuir a la recuperación.

El futuro de Candace Bracken era muy prometedor. A sus 25 años, esta coordinadora de servicios de aerolínea, radicada en Miami, tenía una hija recién nacida y acababa de cambiar de empleo. Sin embargo, un día empezó a sufrir hemorragias incontrolables. Le diagnosticaron leucemia aguda y le dijeron que sólo le quedaban dos semanas de vida. Pasada la conmoción inicial, se enfureció. “Siempre me había cuidado y había llevado una vida recta y sobria”, cuenta. “Era inconcebible que esto le pasara a alguien como yo”.

Intimidada por la idea de que pronto iba a morir, abandonó toda resistencia. “Me di por vencida”, reconoce. Luego, un médico le aconsejó que hiciera arreglos para que alguien se quedara a cargo de la recién nacida.

– ¡Cómo se le ocurre pedirme que deje a mi hija en manos de otra persona! – replicó ella.

En ese momento comprendió que tenía poderosas razones para vivir. La ira, que hasta entonces la había paralizado, encendió su espíritu de lucha y le dio el coraje que necesitaba para someterse a un trasplante de médula ósea, operación horripilante que, sin embargo, le salvó la vida.

Afronte la realidad

La negación es otro obstáculo en el camino de la salud cuando se ha sufrido una desgracia. En vez de encarar lo que les ha ocurrido, muchas personas “tratan de llenar con alguna forma de evasión el vacío que sienten”, dice el psiquiatra Michael Aronoff. El hombre que rara vez bebía un trago se vuelve esclavo de la botella. La mujer que guardaba la línea empieza a comer de más. Otros, como yo, intentan escapar en el sentido estricto de la palabra.

Así le ocurrió a John Jankowski, de Staten Island, Nueva York. Aunque toda su vida había trabajado a las órdenes de algún jefe, soñaba con abrir su propio negocio: una agencia de bolsa. Un día consiguió por fin el dinero para echarla a andar, y al principio le fue bien. Más tarde, sin embargo, el negocio entró en recesión, y al poco tiempo Jankowski estaba en serios apuros de dinero.

“Fue como si me hubiera estrellado contra un muro y toda mi vida se hubiera hecho pedazos”, cuenta. Ante la falta de dinero y la presión de una familia que mantener, sus pensamientos se centraron en huir.

Una mañana, mientras se ejercitaba corriendo, cedió al impulso de seguir corriendo sin parar, y así lo hizo por espacio de dos horas. Sin embargo, al cabo de este tiempo dio media vuelta y regresó tambaleante a su casa. “Entendí por fin que no podía escapar de mis problemas. Lo único sensato era coger al toro por los cuernos”, dice. “Aceptar el fracaso fue lo más difícil, pero tuve que hacerlo para poder empezar de nuevo”.

Manténgase ocupado

“A quienes están recuperándose de una pérdida yo les insisto en que, pasadas unas semanas, reanuden sus actividades habituales o emprendan nuevas”, dice el psiquiatra Bessel Van der Kolk. “Es importante que uno se obligue a concentrarse en algo que no sea su dolor”. Tenga en cuenta las siguientes actividades:

Lea. Cuando pueda usted concentrarse, después del choque inicial, la lectura, sobre todo de libros de superación, puede resultarle inspiradora y relajante.

Lleve un diario. Muchos encuentran el consuelo que necesitan poniendo por escrito sus experiencias con regularidad. Llevar un diario es, en algunos casos, una terapia eficaz.

Haga planes. El hecho de tener cosas que hacer en el futuro próximo fortalece la sensación de que uno está comenzando de nuevo. Haga por fin ese viaje que ha venido posponiendo.

Aprenda algo. Inscríbase en un curso o emprenda algún pasatiempo o deporte. Tiene usted una vida por delante, y cualquier conocimiento o destreza adicional la enriquecerá.

Gratifíquese. En épocas de mucha presión, hasta las tareas diarias más sencillas —levantarse de la cama, darse una ducha, preparar algo de comer— parecen imponentes. Considere cada logro, por pequeño que sea, una victoria que debe recompensarse.

Haga ejercicio. Una actividad física intensa puede resultar especialmente balsámica. Therese Gump, de Chicago, se sentía confundida y a la deriva después del suicidio de su hijo de 21 años. Una amiga la convenció de inscribirse en una clase de baile. “Sólo se trataba de estirarse y brincar como una quisiera al ritmo de la música”, cuenta Therese, “pero eso me hizo sentir mejor físicamente y repercutió en mi bienestar emocional’’.

“El ejercicio lo distrae a uno de sí mismo y de sus problemas”, explica Aronoff, “permitiéndole experimentar su cuerpo con los pies bien plantados en el suelo”.

Salga de si mismo

“Con el tiempo, muchas personas que sobreviven a situaciones traumáticas sienten la necesidad de hacer cosas que las trasciendan”, dice Van der Kolk. “Pueden fundar agrupaciones, escribir libros o trabajar por el despertar de la conciencia, y al hacerlo descubren que ayudar a los demás es una poderosa manera de ayudarse a sí mismo”.

No hace falta convertirse en organizador de la noche a la mañana. Irene Roberts, secretaria médica neoyorquina de 68 años, enfermó de cáncer de ovario y de mama, y tuvo que someterse a una extenuante quimioterapia. En el curso del tratamiento pudo conservar su optimismo y su buen humor gracias al cariño de su familia y sus amigos, y a la oración.

Su optimismo cautivó al personal hospitalario, que terminó confiándole sus problemas. “Yo los escuchaba acostada en mi cama, sin decirles nunca que ellos estaban ayudándome más a mí que yo a ellos”, cuenta, guiñando un ojo. “Lo cierto es que pensar en los demás, en vez de pasar demasiado tiempo pensando en mí, fue lo que más influyó en mi total restablecimiento”.

Téngase paciencia

Las víctimas de pérdidas graves a menudo preguntan: “¿Cuándo dejare de sentir este horrible dolor? “Los especialistas prefieren no señalar plazos rígidos, pero Aronoff dice: “En términos generales, deben transcurrir cuando menos seis meses para empezar a sentir mejoría. En ciertos casos hay que esperar un año y hasta dos. Mucho depende de la disposición de ánimo, la ayuda que se reciba y el esfuerzo que se ponga en ayudarse uno mismo”.

Así pues, tómelo con calma. Acepte que necesitará tiempo, y que su ritmo de recuperación quizá sea distinto del de otras personas. Además, felicítese por cada paso que dé en el camino a la salud. Dígase: “¡sigo vivo! ¡He llegado hasta aquí!”

Navegar es una tarea que lleva tiempo. Yo tardé cinco semanas en llegar a Florida. Lo que empezó como una escapada resultó ser una larga travesía que me dio estructura, la oportunidad de hacer ejercicio intenso al aire libre, y mucho tiempo. Cuando finalmente anclé en Miami seguía dolido, pero estaba listo para volver a probar suerte. En qué, aún no lo sabía.

— ¿Por qué no vuelves a escribir, que es para lo que estudiaste? —me propuso mi padre por teléfono.

Tenía razón, y aquí estoy ahora, escribiéndoles a ustedes. ¡Qué gusto haber vuelto!